Cala Gracioneta, el ltimo cabo

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    En Ibiza, si hablamos de conjugar geografía y belleza, lo minúsculo casi siempre es equiparable a lo mayúsculo y a menudo lo supera. Así ocurre en calas duales como Cala Salada y Cala Saladeta, o en bahías que albergan un rosario de recodos, como el Port de Sant Miquel, Porroig o las denostadas Portinatx y Cala Tarida. Quien se limita a apostarse en la desembocadura del asfalto, sin enfilar hacia senderos secundarios, se pierde esa Ibiza fragmentada, que es donde aún acumula su magia, aunque desconozcamos por cuánto tiempo. Solo así se alcanzan es Caló des Moltons, es Cucó, la playita del paso de sa Guardiola o es Pujolets.

    Incluso las playas más turísticas, donde prácticamente hasta el último palmo de orilla ha quedado privatizado y acotado, requieren doblar ese cabo más. Un ejemplo paradigmático de esta dualidad lo componen Cala Gració y el grao bautizado con su diminutivo, también conocido como sa Platgeta o es Portitxol. A pesar del efecto anestésico que el cúmulo de hormigón de Sant Antoni ejerce sobre la capacidad de asombro, antes de alcanzar la playa vuelve a impactar el inmenso mamotreto del hotel Tanit. Su altura y estética compiten con los desmanes más execrables de nuestra lúgubre historia urbanística y predisponen en negativo.

    Aunque no procede dejar resquicio al desasosiego. Desde el invierno hasta justo antes de que despunte la temporada, cuando el mar transmuta a caldo, Cala Gració compone un rincón apacible, idílico y silencioso. Sorprende la profundidad de su orilla, que se alarga cuesta arriba por unas dunas cubiertas de sabinas, que proporcionan una sombra impagable en verano. El chiringuito aún sigue cerrado o con cuatro clientes, y las ocho casetas varadero de la orilla derecha no albergan el menor rastro de actividad. Sus rústicos muelles de hormigón y piedras, con esos puntales de amarre que ya han echado raíces, invitan a sentarse, poner las pantorrillas en remojo y disfrutar de la panorámica que ofrecen los islotes de poniente –s´Illa des Bosc y sa Conillera– y la densa oscuridad del azul del horizonte, que contrasta con el turquesa eléctrico del agua más cercana, donde no se han acumulado los restos de posidonia que arrastra la corriente.

    Salvo en verano a causa de la muchedumbre, la tentación de quedarse y no doblar el cabo es inmensa. Hay que retroceder hasta el principio de las casetas, ascender una desigual escalera que arranca a continuación de la última y esquivar ramas de mata, sabina y pino, y alguna que otra espina de cactus. Milagrosamente han echado raíces entre las grietas de las piedras. Es probable que algún pájaro esparciera sus semillas desde los jardines de los inmensos chalets aledaños, cuyas tapias limitan el espacio público hasta casi el borde del mar. Cuesta justificar en la ignorancia de los tiempos pasados semejante usurpación de la costa. Al menos son casas bajas, de dos alturas a lo sumo, y no mutaciones de la mole que precede la cala.

    Una vez se sobrevuelan los varaderos por el escueto acantilado, se alcanza un cabo de perfil suave, casi semicircular, que se abre a Cala Gracioneta, mucho más acotada y profunda; como una ría en miniatura. Exhibe el agua más cristalina e hipnótica de los alrededores. Ya sea por los caprichos de la corriente o de la orografía costera, en sus fondos marinos no yacen posidonias inertes. Son pura arena y su superficie la coronan los islotes, que aún cobran más protagonismo que en la cala madre, al situarse en el mismo centro del horizonte. Cala Gracioneta, por fin, constituye el último cabo.

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