El cura rural llegado desde Amrica

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    Después de llamarle varias veces Javier, Jaiver Alonso Betancourt Murcia, se atreve a corregirme. «Bueno, mi nombre es Jaiver, no Javier, pero le pasa a todo el mundo, no te preocupes». Y con este nombre, y un acento dulce, desde luego no parece español. «Soy colombiano. Ustedes nos llevaron la fe y de alguna manera, debido a la escasez de vocaciones, ahora es el momento de devolver los que recibimos».

    Así, ante la falta de jóvenes españoles que quieran ejercer el sacerdocio, el padre Jaiver llegó a Santa Gertrudis hace cinco años. «Aunque llevo 17 años en España, y la verdad, nunca me he sentido fuera de casa» señala.

    Nada más aterrizar en la isla comenzó a ejercer como cura en la parroquia de San Pablo, en el barrio de Casas Baratas en Vila, poco después llegó a Santa Gertrudis y desde hace aproximadamente un año también ejerce en Sant Miquel. «No olvides decir que también soy el capellán del Hospital Can Misses», apunta mientras manifiesta que es un trabajo que le encanta. «Me gusta el olor a hospital, el ambiente, los medicamentos, será porque quería haber estudiado Medicina», explica. No pudo ser. En su familia eran 7 hermanos y la carrera era demasiado costosa, así que gracias a una beca que le dieron por cantar, entró en una universidad de Bogotá para licenciarse en Empresariales.

    Paso definitivo

    Acabó sus estudios y comenzó a trabajar en un ayuntamiento. «Me iba muy bien, y ganaba bastante dinero, pero?». En su cabeza seguía rondando la idea que tenía desde que era un niño. «Un día, cuando tenía once años, le dije a mi madre que quería ser cura, como es lógico no me hizo mucho caso, pensaba que con el tiempo me olvidaría de esta idea». No se olvidó. Aunque sí hizo todo lo posible para estar muy seguro antes de dar el paso definitivo. «Intenté por todos los medios probar otra vida antes de decidirme. Incluso, me eché una novia, nos queríamos mucho, pero me faltaba algo. Así que al cabo del tiempo le confesé que mi camino deberá ir por otros derroteros». Su novia, muy comprensiva, le dijo una frase que todavía hoy recuerda: «Con Dios no me peleo».

    Jaiver dejó todo e ingresó en el Seminario Mayor de Bogotá. Después de dos años, en 2001, surgió la oportunidad de venir a España. «Me ofrecieron estudiar en Toledo, ¡Imagínate! El Instituto Teológico San Idelfonso es como un Havard, debido a su gran prestigio dentro de los centros de formación eclesiales. Así que no lo dudé». Allí quiso empezar los estudios desde cero, siempre con el ánimo de estar seguro con el paso que había tomado.

    Tras acabar la formación en Toledo, estuvo en Granada, Alicante, y por último Eivissa. Fue allí donde surgió la oportunidad de venir a Eivissa. «De la isla me encanta todo», incluso se esfuerza por decir alguna frase en ibicenco.

    Otro reto más en su currículum. Según relata él mismo, no es una tarea fácil que se acepte a un cura extranjero con una mentalidad y unas costumbres muy distintas. Aunque repite una y otra vez su agradecimiento al obispo, al vicario general y a sus compañeros destaca la colaboración de una figura muy ibicenca: los obreros de la parroquia. «Son matrimonios que representan a las diferentes véndes de los pueblos ante la parroquia. Ellos me orientan, me dicen cómo son las costumbres, me ayudan en todo».

    Formación continua

    También considera que ejercer en España es más todo un reto. «Hoy en día es fundamental contar con una adecuada formación. No puedes salir a la calle con cuatro teorías. No vale el postureo. Hay que estar muy preparado». Y según relata, es una faceta que le gusta, la preocupación que tiene el obispado por ofrecer formación continua.

    Aunque a otro nivel, la formación a los más pequeños es otra las misiones que más le gusta. «Me lo paso bomba. El domingo siempre doy la misa en Sant Miquel y en Santa Gertrudis después de la catequesis. Intento que sea divertida, hago preguntas a los niños, cantamos y bailamos un poco. Confieso que me costó un poco al principio, sobre todo, porque no sabía cómo se iba a tomar la gente mayor que hiciera este tipo de cosas en el culto», dice.

    No se lo debieron tomar mal, porque todos los días da misa y nunca han faltado los ocho fieles que acuden siempre. «Siento el apoyo de la gente y del obispado», concluye.

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