El mariachi vasco de Ibiza

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    José Javier Cantero es todo un personaje. Antes de conocerle nunca me podía haber imaginado que un vasco nacido en Legazpia, en la profunda Guipúzcoa, podía cantar como un auténtico mariachi en Ibiza. Y más, teniendo una profesión tan alejada de la música como es la de protésico dental.
    Y así lleva casi un década, cantando para sus amigos y conocidos populares rancheras enfundado en uno sus seis trajes hechos a medida en México.

    «Empecé a cantar cuando tenía 14 años en las verbenas del País Vasco y Logroño», cuenta José Javier. Por aquel entonces, con un grupo de amigos, actuaba de telonero en las fiestas de los pueblos, en las discotecas y donde se terciara. «Era tan joven que un día, actuamos en una sala de fiestas antes que Alberto Cortez, un gran estrella en los sesenta y setenta, que al día siguiente no me dejaron entrar porque no tenía la edad».

    Por aquella época, este vasco de pura cepa ya tenía otros negocios, entre ellos una discoteca, donde de vez en cuando también pinchaba. «Llevaba una vida a todo tren, con mucha fiesta y algunos vicios». Fue nacer su hija, y apartarse de la música. «En 1977 dejé de tocar, no me parecía que esa vida era para mi familia». Así que se centró en el oficio de protésico dental que había aprendido de joven. «En 1987 conseguí la homologación del título», explica.
    En ese mismo año, la recomendación de un amigo que conocía muy bien la isla le trajo a Ibiza. Decidió invertir en una clínica dental en Santa Eulària y con el tiempo montó otra.

    De la música ni rastro. Era algo totalmente olvidado. Hasta que su hija, por la que había dejado de cantar 32 años antes se casó. «Entre todos me convencieron para que cantara en su boda, no les hice mucho caso, pero llegó el momento y para la celebración habían contratado a un mariachi. Fue tan divertido que no tuve más remedio que acompañarle un poco». Allí empezó todo.

    José Javier no sabía ni por dónde empezar, pero sí tenía claro que «los vascos hacemos lo que nos da la gana» así que no había más remedio que intentarlo. «Contacté con un dentista que en sus ratos libres tocaba el bajo con Chenoa». Al principio le miró con cierta incredulidad hasta que tuvo la oportunidad de escucharle. «Me quedé impresionado de su calidad. Así que él fue quien me asesoró un poco».

    Una historia de casualidades

    Otra casualidad llegó a su vida cuando una tía de su mujer, también de Santa Eulària, se casó con un mexicano. Eso fue la espuela. «Le encargué varios trajes y me fui a Cancún a buscarlos. En el mismo paquete había una caja de cedés con cientos de pistas de música de rancheras. Estaba tan alejado de la música que no sabía ni que eso existía», confiesa mientras se toma un té ardiendo en un céntrico bar de la Villa del Río.

    Con mucho arrojo, horas de ensayo, un reto por delante, y más de tres décadas sin pisar un escenario, volvió a cantar en un conocido restaurante de Port Sant Miquel. De aquel segundo debut han pasado 9 años.
    «Actúo de vez en cuando porque me lo paso muy bien, me acabo de jubilar así que ahora sólo canto para mis amigos o compromisos muy especiales. El día que me aburra lo dejaré», dice con poca convicción, porque ahora con más tiempo, está ensayando boleros y un nuevo repertorio de pop de los 80. «Me lo paso genial, ahora con un ordenador practico en mi casa con las mejores orquestas del mundo».

    Y entre ensayo y ensayo un conocido de Cala Pada le pidió este verano que montara un guateque, como en los 60. «Me había conocido cuando pinchaba en la discoteca que tenía en Legazpia», así que José Javier, el protésico dental, convertido en mariachi, vuelve a estar unido a la música de su juventud.

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