El muelle que equilibra una isla

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    En Ibiza existen pocas postales que reconcilien la efervescencia y anarquía del presente con la mansedumbre del pasado. Para gozar una de las más apabullantes hay que deambular por el puerto hasta el muelle pesquero. Preferentemente al atardecer, cuando se encienden las primeras luces de los edificios de los andenes, las casas de Dalt Vila y los ventanucos de la torre de la Catedral, y una leontina de focos proyecta a lo largo de toda la bahía la grandeza de la muralla, con su escalinata de lienzos y baluartes.

    Formidable arquitectura pirobalística en contraste con el sencillo devenir de los pescadores, representados en la parte inferior de la escena por la silueta de los llaüts y las barcas de arrastre, que oscilan al vaivén de la corriente. A su lado, ya en la tierra firme del muelle, junto a los noráis oxidados, cajas vacías apiladas, montoneras de redes por remendar y corchos de palangres. Por un instante, la ciudad desprende el bendito tufo de las marismas: salitre, posidonia y placton; la podredumbre noble de los océanos. Nadie se perfuma con su esencia, pero atrapa como al fumador apóstata que percibe, cual sabueso, el rastro dulzón de un habano de categoría.

    Esa capacidad para nivelar las dos islas polarizadas que conviven en tan exigua porción de tierra, con sus sucesivas estaciones intermedias, no solo actúa en el plano visual; sino también en el existencial. Mientras Ibiza se ahoga sucesivamente en su propio progreso, esquilmando recursos a un ritmo trepidante gracias al feroz combustible de la avaricia, el muelle pesquero simboliza el equilibrio y la convivencia con la naturaleza. Es territorio de los auténticos ecologistas de los océanos, los pescadores artesanales pitiusos, que predican con el ejemplo un conservacionismo radical de la fuente que los alimenta. Faenan lo justo y necesario, sin quemar las naves en cuatro días como hace el resto. Así mantienen la vitalidad de sus caladeros, en mejor estado que hace décadas.

    Atrapan exquisitos frutos de mar con esa continencia consciente y los etiquetan en las agallas con su distintivo amarillo, como si fueran un tesoro; y es que lo son. Meros, sargos, sirvias, cabrachos, gallos de San Pedro, salmonetes, jureles, jerrets, calamares, gambas rojas, langostas? Son pesados, anotados y tarificados en la cofradía, y trasladados después, aún vivos, a los mostradores de los pescaderos y a las cámaras frigoríficas de los restaurantes, con esa insignia que los eleva e identifica por encima de los sabores amortiguados de la lejanía.

    Sesenta o setenta familias herederas de la tradición pesquera de la Edad Media, con sus mismos aparejos y la única salvedad del arrastre, al que solo se dedican cuatro barcas frente a una treintena de llaüts. De los ecos de ese pasado, cuya actividad reguló el viejo gobierno de la Universitat hasta el último resquicio, no queda una sola huella de subasta en lonja. Los pescadores de entonces y sus familias eran los únicos autorizados a mercadear en el bazar de intramuros. Así se evitaban intermediarios y frenaba la especulación. Hoy los precios los siguen estableciendo ellos mismos, sin subastas ni el capricho oscilante de los mercados. También en eso Ibiza es inédita.

    Mientras aguardamos a ver a dónde arrastra la prosperidad a los pescadores, a consecuencia de una reordenación portuaria ya iniciada, nos queda la duda de si el muelle pesquero mantendrá esa misma perspectiva, ejerciendo de norte, con los llaüts alineados, los aparejos apilados y la ciudadela amurallada en el horizonte. Lo contrario sería una pérdida irreparable, otra nueva disfunción en el frágil y cada vez más precario equilibrio entre la tradición que se extingue y la evolución que la devora.

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