El silencio de Sant Cristfol

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    Desde afuera, la iglesia de Sant Cristòfol, en Dalt Vila, pasa prácticamente desapercibida. Fachada encalada con franja gris en la base –como algunas casas payesas–, doble puerta de robusta madera enmarcada en un arco de piedra, ventanas con persianas verdes cerradas a cal y canto en la primera planta, minúscula espadaña en la cima con dos campanas de juguete€

    Los caminantes únicamente reparan en ella porque, al ascender hacia la Catedral, la calle de Joan Roman desemboca frente a su dermis, antes de enfilar hacia Sant Ciriac. Los planos turísticos de la ciudad a veces ni la mencionan y su valor patrimonial es escaso, ya que el templo, al amenazar ruina, fue remodelado en los años 80 del siglo pasado y ya había sido remendado tras la Guerra Civil. Las sensaciones en el interior, sin embargo, son radicalmente distintas. Está cubierta con bóveda de cañón y una verja impide el paso al altar y las primeras filas de bancos. Allí oran las monjas en un silencio sepulcral, separadas de los curiosos. La forja establece los límites de la clausura.

    De todos los templos de Ibiza, Sant Cristòfol es probablemente el único que no se percibe como un monumento de interés turístico. La presencia de las religiosas, siempre de espaldas, impone un respeto intenso que no se reproduce en el resto de oratorios insulares. Ni las iglesias rurales ni la propia catedral proyectan tan aguda sensación de recogimiento.

    A la izquierda de la portada, en un extremo cuesta arriba, aguarda otra puerta que conduce al convento anexo, donde se ubican las celdas de ses monges tancades. Desde una pequeña recepción, sin necesidad de asomarse, las hermanas ofrecen los bocados que hornean en el obrador: cocarrois los lunes, empanada de carne los martes, coca de plátano los miércoles, empanada de pimiento los jueves, coca de San Cristóbal los viernes, coca de chocolate los sábados y orelletes, rubiols y pastas de Sant Agustín a diario. En verano incluso dispensan agua fresca.

    La historia de las agustinas de Ibiza, el convento más antiguo de la isla, se remonta a 1599. Aquel año, varias mujeres se encerraron en este lugar con el propósito de iniciar una vida de clausura. Al año siguiente, para instruirlas, la congregación envió a las Pitiüses a tres monjas del convento de Santa Margalida de Palma.

    A lo largo de más de 400 años, ses monges tancades se han dedicado a orar tras la verja y comerciar con sus dulces. Hoy apenas convive media docena entre los muros de Sant Cristòfol, pero durante siglos fueron muchas más, hasta el punto que la vida de más de 200 religiosas ha transcurrido en el interior de esta recoleta casa de la ciudad amurallada. Hasta finales del siglo XVIII, muchas de ellas procedían de familias adineradas de Dalt Vila. Después ocuparon su lugar mujeres de la Marina y sa Penya, y más adelante llegaron de los pueblos. Hoy proceden de otros países.

    De la historia del convento hay pasajes tan curiosos como apenas conocidos. Fue, por ejemplo, la primera escuela femenina de la isla. Las amenazas de exclaustración, en el siglo XIX, obligaron a las monjas a crear una escuela de costura para niñas, estrategia que reprodujeron durante la II República.

    Sant Cristòfol no es un monumento emblemático ni su interior alberga obras relevantes del arte sacro, pero no existe mejor antídoto para la saturación del verano que subir a Dalt Vila sin prisas, atravesar la puerta y sentarse en un banco a escuchar el silencio que aquí se aposta, perenne, desde hace 400 años.

    Xescu Prats es cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza.

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