Una ciudad en el mar

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    NATURALEZA. Una isla slo puede explicarse desde el mar y prueba de ello es que quienes habitamos las islas sentimos el mar como algo que nos pertenece y al que, a su vez, nosotros pertenecemos. Este sentimiento de pertenencia y propiedad –Mare Nostrum– es comn a todos los pueblos que viven en sus orillas y es la razn de que, desde los tiempos antiguos, exista una forma de conciencia mediterrnea consolidada por la vecindad y los intercambios, es decir, por los vnculos comerciales y culturales.

    A quienes vivimos en una isla, el mar nos identifica y singulariza. Tanto es así que, para nosotros, prescindir del mar sería como perder la memoria. Nuestra historia se inscribe en la navegación que han hecho, en el mar y en el tiempo, las islas que habitamos. Nuestra relación con el mar, sin embargo, es circunstancial, se da en un momento concreto y, en este sentido, tiene poco que ver con la que tuvieron los pueblos que vivieron aquí antes que nosotros.

    Todos ellos, sin embargo, coincidían en que veían el mundo desde el mar. Lo demuestran los portulanos, aquellos antiguos mapas que se limitaban a describir las costas como referencias imprescindibles para una navegación que siempre procuraba tener los litorales a la vista.

    Platón, en el ´Fedón´, (siglo IV aC), al comentar que los hombres se habían situado en sus orillas como ranas alrededor de un estanque fue el primero en comprender que, a pesar de su aparente inmensidad, era sólo un mar internum un mar interior. San Isidoro de Sevilla lo llamó después Mediterráneo, es decir, un ´mar entre tierras´.

    Para entender la importancia que tenía en la Antigüedad una isla como Ibiza, colonizada en fechas tan tempranas, conviene recordar que este mar nuestro que hoy nos queda pequeño era entonces un universo inabarcable, inseguro y amenazador. Hasta el punto de que cruzarlo desde el mundo civilizado que entonces estaba en el codo de levante –Grecia, Líbano actual y Egipto– hasta alcanzar nuestros confines occidentales era una aventura hacía lo desconocido en navegaciones marcadas por oráculos, presagios, prodigios, monstruos, dioses y héroes. Y explica que surgieran mitos como el de Tarsis, el de Ulises, el de los argonautas de Jasón o la creencia de que nuestras aguas se abrían a un abismo en el que las naves se precipitaban.

    De aquellos tiempos es también el mito de las ´Columnas de Hércules´, Abila y Calpe, montañas que el gigante separó creando el estrecho (hoy Gibraltar) que habría abierto aquel mar interior a la inmensidad de las aguas exteriores. Y otra prueba de la dificultad de aquellas navegaciones la tenemos en que sólo pudieran hacerse en época de mar abierto (mare apertum), en oposición a los meses de mar cerrado (mare clausum), entre noviembre a abril, cuando era prácticamente imposible hacer una navegación segura.

    En aquel oscuro escenario en el que unos y otros –púnicos, griegos y romanos– fueron creando sus asentamientos preferentemente en los litorales, es decir, en ciudades con puerto, –fue el caso de Útica, Tipasa, Cartago, Gadir, Malaka, Sexi, Saguntum, Emporion, etc–, Iboshim completaba la ruta marítima transversal y más corta que facilitaban las islas, desde Chipre a nuestras costas, pasando por Creta, Sicilia y Cerdeña. Disponer de una ´ciudad en el mar´ era una magnífica estrategia al proporcionar una base de tránsito casi obligado, circunstancia que explicaría la temprana fundación de Iboshim. Y un factor determinante sería su puerto que para las naves significaba refugio y posibilidad de aprovisionamiento, pero también comercio, producción, presencia de artesanos y servicios, no en vano el puerto generaba una fuerte actividad de intercambio y era un foco de atracción para una población significativa y diferenciada de las más diversas procedencias. Diodoro Sículo (Hist. Bibl. V, 16-18) habla de «una ciudad poblada por toda clase de extranjeros», lo que nos hace pensar que en Iboshim pudo darse una primera internacionalización. Por el puerto entraban no sólo productos, sino técnicas de producción y corrientes artísticas y culturales, con las consiguientes implicaciones políticas y religiosas.

    Barrio portuario

    Apenas sabemos nada del barrio portuario que tuvo que existir extramuros y en el que cabe imaginar astilleros, almacenes, talleres artesanos, etc. Iboshim coincide con otras ciudades coetáneas en que el acto fundacional tiene el precedente de una metrópoli o ´ciudad-madre´, (Cartago en nuestro caso), de donde proceden los colonizadores al frente de los cuales habría un jefe o comandante de expedición, un fundador o caudillo que después solía ser honrado como héroe de la ciudad. Tampoco tenemos noticias de la población indígena que probablemente existió, habida cuenta de la habitación significativa y muy anterior que registra Formentera. Y no despierta menos curiosidad saber en qué forma se dio el contacto entre aquella expedición fundacional y la población fenicia de sa Caleta que, obviamente, absorbería la ciudad. El hecho, por otra parte, de que el Puig de Vila haya estado habitado de forma ininterrumpida desde su fundación, –la ciudad se conforma como una cebolla, casa sobre casa y muralla sobre muralla–, hace casi imposible conocer su trama, cómo era la arquitectura civil, religiosa y de sus edificios públicos, etc. Sólo podemos aventurar que la urdimbre urbana no respondía a la apoikia o polis griega ni al cuadricula romana. Iboshim tuvo una estructura oriental, relativamente cerrada, laberíntica y escalonada, parecida a la de las ciudades árabes y al dédalo que tenemos hoy en Dalt Vila. Y otro punto de enorme interés sería conocer cómo se hacía la captación de agua, elemento del todo imprescindible. Las cisternas púnicas descubiertas sugieren que las viviendas tendrían pequeños depósitos al que canalizarían la lluvia recogida en sus tejados, algo del todo necesario cuando el promontorio urbano haría imposible traerla desde fuera. También se ha especulado mucho sobre la población aproximada que pudo tener Iboshim. El profesor Tarradell supone, para el momento de mayor eclosión demográfica a mediados del siglo V-IV aC., una población entre 3.600 y 4.500 habitantes, lo que en aquella época no correspondía en absoluto a una ciudad menor.

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